domingo 27 de diciembre de 2009

LA OTRA INFAMIA

Quizá uno de los factores que más ha influenciado la literatura colombiana se encuentra enmarcado en las décadas de 1950 y 1960. Resulta evidente por la fecha saber que la violencia bipartidista potenció la creación estética, en especial en la narrativa, que permeada por el acontecimiento histórico, se abrió en infinidad de narraciones y de historias que se tejen alrededor de las crueldades y sin sabores de la guerra y la crisis del momento.

También conozco algunas de las historias que tuve que oír sobre esos tiempos de la boca de mi abuelo materno, quien lleno de tristeza y de recuerdos –que estoy seguro traía olores, imágenes de putrefacción y cuerpos desmembrados- contaba que por allá por esos años en Boyacá, en una de sus veredas, y siendo el un acérrimo liberal reconocido, había tenido que manejar las volquetas del liberalismo, y no porque estuvieran llenas de tierras de progreso, sino porque estaban atestadas de cuerpos de conservadores muertos.

Estas historias son demasiado comunes en boca de muchos, pero escuchar que mi abuelo tenía un pasado deshonroso y comprometido con lo que somos hoy, marcaba para mis oídos algo que hasta ahora me había atrevido a contar. Precisamente leyendo un compendio de cuento que promocionó la alcaldía de Ibagué para que los niños y niñas escolarizados se acerquen a la literatura me encontré con un cuento de un escritor tolimense que refiere una anécdota similar.

José Alejandro Pinzón Ríos es el escritor que aparece en dicha antología con un cuento titulado La otra Infamia. Es licenciado en ciencias Sociales y Especialista en Filosofía, razón que me da a entender el por qué, después de tantos años, la violencia bipartidista continúa siendo objeto de escritura.

El cuento como tal está inspirado en la historia de un joven de la ciudad de Alvergué (cosa que parece ser la intención del autor por incluir tanto a su natal Alvarado con la ciudad que lo vio crecer y en la que suceden los acontecimientos) que después de muchos años de escuchar la misma historia sobre un hombre que se sienta en una fuente a recordar la misma agua en la que le tocaba desaparecer a los muertos en viajados de volqueta, decide comprobar qué tan cierto es y para ello se acerca al hombre mismo, quien por motivos de la narración no recuerda casi nada más allá de lo que el joven ya conoce, pero que lo remite a otros personajes que contribuyen a la generación de sentidos y la estructuración del argumento de la historia.

Es interesante el argumento y la forma de presentación de los hechos y acontecimientos del cuento, pues a medida que se avanza se configura la historia y la voz del primer personaje, es más, se configura como personaje, pues ya en el inicio eran tantos los vacíos para el lector que apenas se logra mostrarse como un personaje plano, para desencadenar en un personaje redondo y perfectamente concebido.

La presentación por partes se sustenta precisamente en lo fragmentario y disoluto que es el pasado colombiano de esas décadas. Mucho se habla y se historiografía sobre ello, pero hacer de un acontecimiento más de esa historia algo que se enrede con lo filosófico y con los ciclos repetitivos de los estoicos es realmente interesante y digno de ser reseñado.

Reconocer en el hombre de la fuente a un pensador, y en el joven personaje de Alvergué a un filosofo que deduce magistralmente toda una interpretación acerca de lo que cuenta a medio labio el viejo, y que se detiene para analizar las ondas producidas por las gotas de agua al caer en la fuente.

Llevar por medio de un juego discursivo bien logrado, a la conclusión de que las ondas de la fuente son las mismas ondas que se llevan uno a uno, como gotas, a los muertos del río y de la patria, con lo que se mete en la tensión la frase de Van Gogh que sirve de epígrafe: La vida es probablemente redonda.

Con sobriedad incorregible, o una versión curtida por la costumbre de contarla, aquel hombre me refirió, de entrada, que en la época bipartidista de los años cincuenta del siglo veinte, los muertos eran arrojados al río, y que formaban ondas semejantes a las que él mismo había provocado en las piletas del parque Centenario del antiguo Alvergué cuando de niño les lanzaba piedras.

En este cuento, podemos reconocer que la historia del bipartidismo en Colombia está cargada de innumerables anécdotas que tarde o temprano comprometen a la nuestra, y que es imposible no reconocer que nuestra historia se teje alrededor de los hechos históricos que la han conformado, para bien o para mal, y para deducir que esta, nuestra historia, como en un ciclo de eternas repeticiones, y aludiendo a Borges, es la historia irreconocible de la otra infamia.

OMAR GONZÁLEZ

FICHA DEL LIBRO:
Alcaldía de Ibagué: En Ibagué está primero el placer de la lectura. Agustín Angarita (seleccionador de textos) edimpresos 2008, pag. 123.

jueves 24 de diciembre de 2009

UN PAÍS QUE SUEÑA DE AURELIO ARTURO

Tan misteriosa como la calidad lírica de Aurelio Arturo, es la llegada de este libro a mis manos. No recuerdo ahora de qué biblioteca de amigo lo rescaté, o quien, en un entrañable gesto, me lo regaló para que lo disfrutara. Lo he releído con un poco de esa inquietud que despiertan viejos buenos libros, que queremos redescubrir bajo el lente de las sensaciones actuales.

La edición es también extraña y creo ya descontinuada: pertenece a los Cuadernos de poesía del Instituto Colombiano de Cultura, y la versión que tengo la pueblan unas hojas amarillentas y en ocasiones mal cortadas. Preparada por Santiago Mutis Durán, esta edición cuenta con diez poemas y un prólogo alejado de terminologías académicas, como los que solía hacer el también poeta colombiano Fernando Charry Lara.

No quiero insistir en algunas de las valoraciones realizadas a la obra de Aurelio Arturo, aunque es importante tenerlas en cuenta: poeta que canta a la naturaleza con una extraña armonía, que nos recuerda las hojas y el viento, los ríos y salidas del sol, de un país recóndito, de ese sur de Colombia del cual provenía. Poeta sobrio, de una musicalidad tan certera como el mismo sonido de la naturaleza sin tocar, y tan preciso en las imágenes que es difícil no percibir, con todos los sentidos, los mundos que construye desde la palabra.

Quisiera ensayar aquí otra lectura, a la luz de las coyunturas actuales: gran parte de los poemas de este libro nos reconcilian, especialmente a los colombianos, con esa atmósfera campesina de una virginidad excitante, ese lugar de selvas inhóspitas y de bosques laberínticos que, querámoslo o no, se ha convertido en ocasiones, en refugio de los grupos ilegales. Esas “tierras de nadie” como las llama la voz poética, han sido manchadas hoy por la sevicia y la indolencia. Qué diferente es la mirada de Aurelio Arturo cuando desde sus versos afirma:

Oíd el canto dulce de las tierras de nadie.
Tanta belleza es cierta, viva, sensual,
Sencilla,
No obstante, todo aquí habla de otras
Tierras más dulces,
Todo es aquí presencias y hablas de
Maravilla

Estas imágenes con las que inicia el libro, dan un nuevo y a la vez mítico matiz a esas zonas olvidadas de nuestra geografía, en las cuales se deteriora la vida de cientos de colombianos. Parece un país imaginario, lleno de la armonía de los cantos de las aves, del sonido de la lluvia sobre las ramas de los árboles, o del ulular del viento en espesos ramajes. Es un país como “una casa grande entre frescos ramos”, una nación llena de “ilusorios países de la nube” un territorio en el que “los ríos bajan del cielo”.

¿Un país imaginario? Sólo si lo vemos desde este presente lleno de confusiones y conflictos, sólo si los salpicamos con el veneno de las armas y la vileza de las promesas incumplidas. Es un país irreal para quienes lo esquilman, lo utilizan como refugio de sus bajas pasiones o para quienes se lo disputan, sin respetar su grandeza y su misterio.

El país que sueña Aurelio Arturo no tiene nada de vana fantasía. Las palabras con las que lo expresa en este libro, nos reconcilian con el mundo del campo, y nos devuelven un recuerdo o la sensación de que aun tenemos mucho por ganar: un mundo de hojas frescas, de una tranquilidad irrompible y de muchos olores agradables.


Leonardo Monroy Zuluaga

Ficha del Libro: Aurelio Arturo. Un país que sueña. Bogotá: Colcultura, 1982.

sábado 19 de diciembre de 2009

LOS RONDELES DE LEÓN DE GREIFF

Creo hallarle un sentido a una parte considerable de Tergiversaciones de Leo Legris, Matias Aldecoa y Gaspar, en momentos como estos cuando exploro diversidad de voces poéticas que en nada pueden referirse de una manera impactante a la cuestión de eso que algunos dieron en llamar “amor y desamor”.

Y es que cuando esta etapa de debilidad humana llega de una manera inesperada, las palabras se esconden dando paso a la incertidumbre. El ser humano busca el resguardo en algo o alguien. Unos se van por la bohemia, otros se hacen amigos de la música sensiblera y comercial en algunos casos, y otros en la poesía o en arte.

Bien lo leí de una amistad bogotana, hace unos meses: “nosotros los cachacos (“rolos” también), cuando nos pasa una pena de ese tipo, nos refugiamos en la poesía, y hasta intentamos escribir con amargura… Un costeño, en nuestro mismo caso, compone un vallenato y se tapa en plata.” Y es ahí donde uno se pregunta quién tiene más fuerza de universalidad lírica entre María Mercedes Carranza por ejemplo o, Diomedes Díaz. Indudablemente, la respuesta salta a la vista, aunque con fenómenos como los de comercialización, cualquier cosa puede suceder.

En estos avatares, retomo, se hace necesario el refugio. Aquí plantearía los versos de De Greiff. Se puede encontrar en ellos, una voz que habla a esa mujer renuente, utilizando la figura del
rondel, entendida como una “…composición musical escrita de ordinario para tres partes vocales; tuvo gran boga en la alta Edad Media, y solía formar parte de los milagros o representaciones litúrgicas.1” *.

En la propuesta del poeta colombiano, se guardan los componentes formales del rondel, en lo que respecta a la musicalidad, armonía y rima. Eso sí, evitando las cuestiones religiosas convencionales. Ante todo, son cantos melancólicos ofrecidos a esa mujer indeterminada, que el cantor trata vanamente de “endiosar”, fragmento tras fragmento.

Las 15 composiciones cortas de De Greiff recrean los innumerables pesares para con esa “Señora, Dama, dueña de mis votos” (Rondel II). Sus rondeles se direccionan a plantear la debilidad que corroe al poeta tras recordarla y de paso, validan el por qué es importante decirle por medio del lenguaje poético sus pensamientos más sublimes.
Encontramos en estos piezas: alusiones al ser femenino: “Tus manos inasibles, tus dedos ahusados, // y tus cabellos –¿piélagos ignotos?– // Cuándo veré tus ojos encantados, // y oiré tu voz de ritmos sosegados…!” (Rondel II); cantos a la desilusión, luego de sentir que todo vale nada: “Pues si el amor huyó, pues si el amor se fue… // dejemos al amor y vamos con la pena, // y abracemos la vida con ansiedad serena, // y lloremos un poco por lo que tanto fue…” (Rondel IV); convicción absoluta sobre su sentir: “Cuando su gracia pura evoco // –entre mis farsas de un barroco // gusto, o mal gusto– loco y loco // yo nada quiero de la vida sino a mi dulce prometida // lejana! (Rondel XI);declaratoria a la mujer con la que nunca será feliz: “ No ves?... Se frustraron los sueños rientes… // Nuestro amor fue un mito de la fantasía… // (Si te ponen miedo mis ojos ausentes, // mis ojos noctámbulos, mis ojos dementes…!) /// Yo canto a una novia que no ha de ser mía” (Rondel XIII)

Este particular cuadro, refleja los rasgos de esa mujer. Tras su efigie, se esconden innumerables vestigios de un pasado, presente y futuro que ciñe el destino del yo poético. Este, ha sido un nimio ejemplo presentado de aquellos rondeles que pudieran ser el medio estético por el cual podría cantársele a la vida los pesares de un ser sumido en la mas infinita congoja, en espera, quizá, de una respuesta.


Juan Eliecer Carrillo

1. Neuman, Hans Federico. “Introducción a la música española del Renacimiento”. Publicación digital en la página web de la Biblioteca Luis Ángel Arango del Banco de la República. Búsqueda realizada el 10 de diciembre de 2009.

*nota: algunas páginas no tienen editorial y año, estamos en proceso de incorporar esos datos.

lunes 14 de diciembre de 2009

AL CALOR DEL TROPEL

“Aunque poco es el ropaje que me reviste cuando estoy frente a ti, voy a seguir despojándome de todas mis prendas. Así seguirás viendo las vergüenzas de las que me enorgullezco”.
Gabriel Bermúdez

Gracias a una compañera muy cercana, llegó a mis manos. Se trataba de un libro algo singular, pues poco – diría yo – se encuentra en las bibliotecas o dispuesto para la venta. De hecho, es muy difícil conseguirlo.


Creo que los pocos ejemplares existentes se encuentran en los anaqueles de quienes sentimos alguna simpatía por la historia del movimiento estudiantil o, en algún momento, nos involucramos en su turbulenta dinámica.

El texto al que me refiero se titula Al calor del tropel, del profesor universitario Carlos Medina Gallego. Desde su punto de vista “es una crónica novelada de la historia del movimiento estudiantil de la Universidad Nacional en la década de los sesenta”. Sin embargo, e independiente de la denominación con la que el autor etiqueta su libro, este ofrece varias historias que se soportan y tejen un episodio histórico en la vida del sector.

Cada vez que leo y releo las vidas contenidas en su interior, me lleno de nostalgia. No precisamente porque me vea en algún personaje. Por el contrario, me remonta a ciertos acontecimientos propios de la vida universitaria y, en particular, del movimiento estudiantil, los cuales se repiten casi de forma cíclica e interminable: la fila en la cafetería; las reuniones, discusiones entre organizaciones y asambleas; la militancia política; las jornadas de carteles, murales y pintas; los mítines, marchas y tropeles…

Esta remembranza, inevitable por la lectura del texto, hace aparecer a Manuel, Omaira, el Negro, Antonio, el Mono, Ismael, Gloria y otros. Cada uno parece una historia aparte, pero poco a poco van relacionándose. Para ello, el autor divide el libro en tres: la primera parte se la dedica a la presentación – por así decirlo – de los personajes; en la segunda centra su atención en los problemas de cada uno, los cuales son a su vez los conflictos de todos (ya que son o están cercanos al activismo de aquel entonces); y la tercera parte se la consagra al desenlace de cada historia y, en general, a precisar la del movimiento estudiantil.

No puedo negar que junto a la aflicción trasmitida por el texto, el empleo de los recursos narrativos me llama bastante la atención. Estos le ofrecen dinamismo al relato por cuanto favorecen la simultaneidad de las historias; sobre todo porque controvierten la estructura secuencial de la crónica sin desnaturalizar su propósito. Además, privilegian descripciones certeras sobre situaciones tensionantes o eróticas y enriquecen el universo del texto con algunas figuras retóricas que le permiten al autor decir cosas comunes con otras palabras.

No obstante, y por encima de los sentimientos que me suscita el libro, debo destacar algunos lugares comunes en los que este sumerge, los cuales impregnan las historias de los personajes con simplicidades obvias o de expresiones propias del “mal gusto”, es decir reiterativas, con exceso de calificativos y que lindan con algunas manifestaciones algo burdas del lenguaje coloquial.

De igual forma, las vidas entregadas al activismo y la militancia política sin contradicción mayor, empantanan a la mayoría de los personajes con certezas y verdades absolutas. Por más definidos que parezcan, su valía – se supone – debe radicar en la capacidad de enfrentar las dicotomías propias de la existencia humana. En ocasiones se puede apreciar un ápice de esto y sólo en algunos de sus personajes, quienes en el marco de su actividad política tienen que enfrentarse, por ejemplo, al amor.

Estos detalles, aunque representen falencias para el texto, no le restan contundencia a la intención de Carlos Medina Gallego. Eso de partir de sucesos reales, al mejor estilo de un buen cronista, pero organizándolos de tal manera que no se ciñan estrictamente la estructura de una crónica, le otorga valía al libro. Fundamentalmente porque hay una experimentación a la hora de escribir un texto sujeto a los parámetros de la realidad, pero sin la pretensión de ser plenamente objetivo.

En este sentido, la etiqueta con la que Carlos Medina Gallego denominó su libro, se ajusta a la pretensión de no ubicarlo plenamente dentro del ámbito literario. Sin embargo, debo reconocerlo, no sé hasta qué punto valorarlo como una “crónica novelada”, en tanto dicha denominación – hasta el momento – carece de un fundamento sólido. Por el contrario, considero necesario ubicarlo dentro de la crónica literaria, mas cuando tiene el merito de ser un texto narrativo organizado de conformidad con sus lineamientos y apela a un tratamiento en la forma y el lenguaje que le otorga visos literarios.

Además, es justo decir que, independiente de las remembranzas provocadas en quienes transitamos por el camino del movimiento estudiantil, es un libro que merece lectura. Quizás porque presenta una propuesta novedosa, o de pronto para ser cuestionado o analizado, o tal vez para hacer un barrido por los nostálgicos lugares de la Universidad Nacional y acercarse, desde un punto de vista no oficial, a una parte de la historia de lo que aconteció en el seno de las universidades publicas.

Escrito por:
Gabriel Bermúdez

Ficha del libro:
Medina Gallego, Carlos. Al calor del Tropel. La U.N. Crónica de una década. Alquimia ediciones. Bogotá. 1992. 210 paginas.